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NO DESTRUYAMOS EL BICENTENARIO

  • Foto del escritor: John Chávez
    John Chávez
  • 21 may 2021
  • 3 min de lectura

Actualizado: 21 may 2021

El Perú de hoy en el mapamundi sigue recostado sobre la porción sur del océano pacífico, y dentro de él, – de esas ricas montañas, hermosas tierras y risueñas playas , continua leyendo nuestro artículo de opinión por Juan Otiniano León Catedrático y Abogado.

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El Perú de hoy en el mapamundi sigue recostado sobre la porción sur del océano pacífico, y dentro de él, – de esas ricas montañas, hermosas tierras y risueñas playas – todavía se ve a un país estrafalario, una de esas tribus que practican aún el canibalismo entre sus gentes, y que palpando sus instituciones, todavía a sus doscientos años sigue pegado con cinta scotch.

El país no ha dejado de ser un suelo favorecido con diversos recursos naturales, a la par que parece no ha olvidado ser maldecido con ciertos hombres y mujeres que cada vez se esfuerzan por excretar sobre la pila enmohecida por las generaciones, la que de la misma, cual caja de pandora, nuestros odios, ineptitudes, fauces salivadas y otras flatulencias nos configuran la idiosincrasia, al grado de sospechar si nuestro obituario, más allá de algunas felices coyunturas, dirá de sí realmente hubo un pueblo colorido que aprendió a soportarse.

Y es que a donde vayamos, dentro o por los bordes de este país, lo más triste es ver tanta prepotencia, intolerancia, desunión, injusticia y un odio de esos que ya prontamente damos con el superlativo. No es exclusividad de unos aquellas miasmas, no hay dedos que acusen si no hay espejos al frente. Somos muchas veces los responsables de que, y usando uno de los títulos de Irene Vallejo, el futuro lo recordemos debido a un presente que en coautoría con el pasado, el remordimiento de culpa muy bien lo empotramos en la pared de nuestras desvergüenzas de acuerdo con intereses y oportunidades impostergables.

En este espacio – tiempo histórico que nos tocó, nuestro país está severamente enfermo, pero más que por la Covid 19, diríamos, por 200 años de otras enfermedades endémicas y, a la luz de los hechos, congénitas. Por más que se hayan hecho loables esfuerzos en ciertas hondas recaídas, las vacunas para todos esos males, ni siquiera están en la fase 1.

Una de esas pestes es la política que hemos aprendido a practicar. Esa que está bien manchada desde la temprana República con traiciones palaciegas y despellejamientos sociales que respondieron a convulsiones populares que a las de ahora, solo han cambiado los que las atizan de un lado o de otro. Por ejemplo, en estos días, las obsesiones extremistas con el “terruquear” o el “corruptear” de pronto se juntan en quizá el mayor daño que le pueden hacer al país, esas intransigencias que exudan violencia para quienes no piensan igual que ellos.

Desde un tiempo acá vivimos en una guerra fría de corte civil entre los bandos políticos que porfían nuestros cargos, y, muchas veces, quienes no somos parte de esa clase dirigencial, nos dejamos arrastrar por revanchas endosadas a nuestros pleitos que no nos permiten discernir entre argumentos disparados como eslóganes, lo estólido y lo frágil de esos razonamientos. Hay eventos históricos en los que más allá del gusto por la receta, es responsable dar prioridad a dos valores que ennoblecen: la consecuencia con esas ideas e identificar quién y cómo las personifican.

Si alguna de esas improntas no se consigue en una propuesta, pero aun así nos vemos integrantes de la facción yihadista de la portátil, entonces lo único que hacemos es inmolar nuestros principios y reivindicaciones, pero por mera conveniencia pragmática, por un mezquino cálculo político de beneficio personal, sin importar si el país se va al desmadre. Y luego de la elección, por esas minas sembradas por culpa del miedo, lo que vamos a querer es ser una oposición bravucona o un oficialismo cucufato que otra vez van a coincidir en el extremo irracional que buscará la extinción del otro.

Eso no podemos solo mirarlo. Para eso nuestro radicalismo de centro se debe poner en marcha. Estamos a tiempo para “desdinamitar” nuestro futuro y cuando esperemos otro más lejano, este que se viene después del 28 de julio lo recordemos en medio de un país que puede tener gente con las más feas maldades para hacer repugnar todo lo que nos une como peruanos, pero ya esos miserables no tendrán como cómplices más la deslealtad y la ambición apátrida de las turbas, así se avizoren polarizaciones encarnizadas como la de estos días.

Para eso, autocuestionamientos y un tanto de dignidad no nos despeinarían en nuestros actuar ciudadano. Quizá estas líneas aporten a esa actitud…

 
 
 

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